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Editorial

“… Si pudiese hacer de manera que los que mandan aumentaran sus conocimientos acerca de lo que deben prescribir (Leyes), y que los que obedecen hallaran más placer en obedecer, me tendría… por el más dichoso de los mortales…”. Montesquieu. El Espíritu de Las Leyes.

Dice el tango -“Volver”-, de tan clásico ya imperecedero, más allá de las mentes de las diversas generaciones que lo asumieron como banda sonora de su vida, que siendo “un soplo la vida”, “veinte años no es nada”, pese a lo cual se vive “con el alma aferrada a un dulce recuerdo” que, cada cierto tiempo, “lloramos otra vez” ¿Tiene sentido práctico, más allá de la nostalgia, esta alusión para evocar los “veinte años” que han pasado desde que viera luz la insigne Ley de Prevención de Riesgos Laborales -Ley 31/1995, LPRL-? Yo creo que sí.

La LPRL representó un hito jurídico con profunda vocación innovadora. Y ello porque su finalidad iba más allá de proveer a España, obligada por sus compromisos comunitarios, de un moderno “sistema normativo” para reducir la siniestralidad laboral, muy elevada en aquél entonces. Junto a ese objetivo, más bien reactivo, incorporaba otro proactivo, de carácter cultural: llevar al ánimo de los sujetos obligados al cumplimiento de sus mandatos, en especial de los empresarios -privados y públicos-, pero no sólo, la bondad o virtud -“amor”- de los mismos, convirtiendo la observancia de sus prescripciones en un bien común, que asumirían de buen grado todos las partes de las relaciones de trabajo. Su Preámbulo-cuento era claro: “El propósito de fomentar una auténtica cultura preventiva… involucra a la sociedad en su conjunto y constituye uno de los… efectos quizás más transcendentes para el futuro de los perseguidos por la presente Ley” -punto 4, in fine-. Qué significa esto. El propio preámbulo lo concreta: una actuación en la empresa que desborde el mero cumplimiento formal de un conjunto predeterminado de deberes empresariales y la pura corrección a posteriori de situaciones de riesgo nacidas -punto 5-.

¿Qué fue de esa cultura preventiva? En una versión más prosaica que el hermoso tango, dicen que cuando la “crisis entra por la puerta de las empresas, la prevención sale por sus ventanas”. El extraordinario desarrollo de algunas de las iniciativas estrella de la LPRL -la actividad formativa, los servicios de prevención, la multiplicación de los controles de la ITSS y de los técnicos autonómicos de PRL…-, al margen de su coherencia y perfección -en muchos casos ha reinado el caos y la parcialidad-, no puede ocultar no ya sólo la reducida presencia de una auténtica cultura preventiva, como evidencia que en el último año han repuntado los accidentes de trabajo, sin que en ningún momento se atajara el problema de las enfermedades del trabajo, sino la progresiva devaluación del marco regulador. A día de hoy, prima más la dimensión monetaria de la prevención como coste, a reducir, que la ético-social de un derecho innegociable y la económica de inversión productiva. Por eso, ahora que se abre un tiempo nuevo en lo político, y en lo económico, habría que “volver” sobre esta norma y devolverle su brillo, evitando que “las nieves del tiempo plateen su sien”.

Cristóbal Molina Navarrete
Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social.
Universidad de Jaén

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© Cátedra Prevención y Responsabilidad Social corporativa 2011. Actualizada el 23/12/2017
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