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Editorial

En pleno siglo 21, y aun a pesar de vivir en una época donde el simple hecho de ser hombre o mujer no debe de ser un factor condicionante en el desarrollo de la vida laboral, en el momento que una mujer se queda embarazada las condiciones laborales se suelen complicar. No son pocas las mujeres embarazadas que se encuentran diariamente con unas condiciones de trabajo que distan mucho de ser las más adecuadas para su salud física y mental. Si bien la Ley 31/95, establece unos principios básicos para la protección de la maternidad en el entorno laboral, estos principios se suelen interpretar casi siempre exclusivamente, desde el punto de vista de la seguridad, la higiene, y la ergonomía, pero en raras ocasiones desde el punto de vista de una disciplina preventiva cada vez más necesaria, como es la psicosociología.

Resulta evidente que el riesgo de caída, sobreesfuerzo, o exposición a ruidos y vibraciones puede resultar perjudicial para la trabajadora gestante, pero no debemos de obviar que el stress, una mala organización, o el burnout pueden tener efectos igualmente negativos sobre la trabajadora y el feto, aunque estos sean más difíciles de detectar.

Según la legislación, el puesto de trabajo debe de ser compatible con el nuevo estado de la trabajadora, pero la realidad actual es que la inmensa mayoría de Incapacidades Temporales por riesgo durante el embarazo se conceden en base a factores higiénicos, ergonómicos o de seguridad.

Esto se debe tanto a un motivo técnico como a un motivo social. Por un lado, la dificultad técnica objetiva para medir el grado de compatibilidad psicosocial de un cierto trabajo con el embarazo, y por otro lado, la equivocada visión de que un riesgo psicosocial no deja de ser un “riesgo menor o de segunda categoría”, y que por tanto, todo trabajador afectado por un riesgo psicosocial se convierte por tanto en “trabajador débil” o “trabajador de segunda”. Este segundo motivo hace que las propias embarazadas, en muchas ocasiones, no quieran dar la voz de alerta ante ciertos riesgos, por miedo a ser “minusvaloradas” o “mal vistas” por sus superiores y compañeros.

En las últimas décadas, la cultura de la prevención ha conseguido que muchos riesgos de seguridad o higiene que hace unos años eran considerados socialmente como “tonterías” o “exageraciones” se les concedan la importancia que realmente tienen, y no se estigmatice al trabajador que lo detecte e informe de ello.

En definitiva, es responsabilidad de todos el esforzarnos por conseguir que los riesgos psicosociales tengan una consideración social y técnica, igual que otro tipo de riesgos, muy especialmente en trabajadoras embarazadas y lactantes.

Antonio López Arquillos
Ingeniero Industrial
Profesor de Organización de Empresas
Universidad de Málaga

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© Cátedra Prevención y Responsabilidad Social corporativa 2011. Actualizada el 03/05/2020
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